ANTONIO JOSÉ FERNÁNDEZ
Se me quemó parte de mi vida. ¿Qué más quieres que te diga?" Loli es, probablemente, la empleada más veterana de Incapol, la empresa dedicada a la fabricación de colchones y somieres que este fin de semana fue pasto de un espectacular incendio registrado en el número 60 de la calle General Bravo, en la zona industrial de Cruz de La Gallina.
El sábado asistió impotente a la destrucción de la que ha sido su casa, pero aún ayer, 24 horas después del desastre y ante los restos de las naves devoradas por las llamas, se le veía incapaz de poder hilvanar más de dos palabras para poder expresar sus sentimientos. Un rictus de dolor interno y unos ojos ocultos bajo unas gafas oscuras eran las pruebas palpables de lo mal que lo estaba pasando. Tanto ella como Agustín Gil, Juan Fernando Martínez y Ramón López -tres de los empleados de esta reputada firma- decidieron este domingo darse un salto hasta el complejo fabril en busca de novedades.
"No hay material ni máquinas para elaborarlo. Está todo destruido", aclaraba ayer Juan Fernando, a la sazón químico y jefe de seguridad de la planta, para describir el interior de las tres naves. "Vamos a intentar rehabilitar lo que se pueda porque la zona de costura y ensamblaje, donde se montan los colchones y las almohadas, se salvó del fuego. Si nos traen piezas de gomaespuma ya cortadas podríamos trabajar, pero todo depende de lo que diga el jefe".
El jefe es Antonio Castro, un empresario impulsor, de los primeros que se asentaron en esta zona del barranco y al que todos admiran por el trato familiar que siempre ha dispensado, junto a Iván y David, sus hijos, hacia sus empleados.
"Yo no sé si tendrá que despedir a gente, pero estoy seguro de que intentará de que no sea así", añadía Agustín Gil, que se encargaba del mantenimiento de las instalaciones y que fue uno de los artífices de que el desastre no fuese a mayores al advertir a los bomberos dónde se hallaba el combustible.
A Agustín se le ve con cierto temor ante el riesgo que puede suponer ver cómo una empresa de estas dimensiones queda reducida casi a cenizas y 30 empleos quedan en el aire. "Teníamos infinidad de pedidos, nos iba de miedo. Aquí la crisis ni se ha notado, con gente que lleva más de 30 años trabajando y otro grupito que entró hace poco. Esto ha sido un mazazo. Cuando me enteré me quedé hecho polvo" .
"Hemos hecho multitud de simulacros, teníamos todas las medidas y controles de seguridad. La fatalidad fue que esto ocurriera un sábado, sin nadie dentro. Tal vez lo hubiésemos apagado a tiempo...", concluye.